Alerta y vigilante (en el tren)

Este artigo tamén está dispoñible en: Galego

Las tardes de sábado en invierno sabían a cine. Ir al Niza de Vigo de la mano de mis hermanos era la mejor de las aventuras. En aquellas butacas, cuando todavía no alcanzaba el suelo con los pies, descubrí la vida antes de imaginarla. Ahora, cada vez que la realidad me sorprende, me explota en la memoria alguna secuencia cinematográfica que me recuerda que eso ya lo sentí.

Con Laura, mi hermana mayor, vi Los chicos del tren (1970). La historia, que transcurre en la campiña inglesa, va de tres hermanos que bajan todos los días a saludar el paso del tren: es la manera que ingenian para mandarle cariño a su padre encarcelado. Eso entendí de niña: esté donde esté, el padre sabrá que sus hijos le siguen esperando. Creí en la novela de Edith Nesbit, cuando apenas conocía las letras, gracias al poder del cine. Al salir del Niza sólo quería ir a la estación de Urzáiz: nuestro padre estaba en Bilbao y yo me empeñé en mandarle besos en el primer tren que partiese. Laura se rio de mis fantasías, me cogió de la mano y me llevó de vuelta a casa. Aquel día descubrí lo bonitos que eran los ferrocarriles y les atribuí poderes mágicos.

Desde la locomotora de El maquinista de la general (1926), del genial Buster Keaton hasta La sombra de la ley (2018), del monfortino Dani de la Torre, se cuentan por centenares las cintas en las que el tren tiene un papel fundamental. En Casablanca (1942), Michael Curtiz nos regala una secuencia inmortal: Rick (Humphrey Bogart) e Ilsa (Ingrid Bergman) planean escapar juntos de París en tren, aunque que Ilsa finalmente no aparece por la estación. Frente de su vagón a punto de partir, Rick lee la carta de despedida de Ilsa, mojada por una lluvia que emborrona las letras: ella siempre lo amará, pero no puede huir con él. La imagen es la más bonita de las metáforas cinematográficas sobre un golpe mortal al corazón.

En La sombra de una duda (1943), la llegada de Joseph Cotten en un tren que emana un espeso humo negro le sirve a Alfred Hitchcock para hacernos sospechar que algo oscuro esconde el tío Charlie. Años después, en Extraños en un tren (1951), el maestro del suspense filma en un vagón las claves de la intriga creada por Patricia Highsmith.

De todas las secuencias grabadas en un vagón, la de la fiesta de chicas en la litera de Con faldas y a lo loco (1957) está entre las más brillantes. «Nadie es perfecto», excepto su director, Billy Wilder, que rodó la comedia perfecta.

David Lean cuenta en El puente sobre el río Kwai (1957) la historia de la construcción de la línea de ferrocarril de Birmania. Doctor Zhivago (1965), también de Lean, se rodó parte en España: el convoy del comisario Strélnikov avanza por la vía que une Soria y Castejón simulando recorrer la nevada Rusia de la revolución bolchevique. Lean debió de ser un apasionado de los trenes, porque también firmó una de las películas de amor más hermosas, Breve encuentro (1945), donde el romance entre Laura Jesson y el doctor Alec Harvey nace y se consolida en la cantina de una estación, durante las esperas por los trenes que devuelven a los protagonistas a sus vidas rutinarias.

Frankenstein 04155 (2015), de Aitor Rey, destila desasosiego y tristeza. «Ay, Dios mío, pobres viajeros, esperemos que no haya ningún muerto». Con las palabras desesperadas del maquinista arranca este trabajo de investigación sobre el accidente de la curva de Angrois: el siniestro de un Alvia que segó ochenta vidas y nos mutiló a muchos otros. El documental demuestra con datos irrefutables todas las irregularidades alrededor de un tren híbrido montado con pedazos que no casaban, de ahí su apodo en el argot ferroviario, Frankenstein.

Yo esperaba en la estación de Compostela aquel 24 de julio. Desde el primer instante, sentí que estaba en el lado de los perdedores. No quise dejarme llevar por la desazón: en la cabeza me estalló la imagen de Los chicos del tren. Volví a creer, aquella maldita noche, que si miraba sonriendo al tren, ella sabría que yo seguía allí, esperándola.

«Que la vida no me sorprenda jamás / desprevenido callado y neutral / y que un segundo antes de rendirme / vaya también conmigo la imagen del que fui cuando era otro», comienza el poema de Lois Pereiro Alerta y vigilante. La vida no me coge desprevenida. Me avisó cómo era en secuencias, como si las imágenes llevasen décadas aguardando el instante preciso para volver y darle sentido. Sigo saludando y sonriendo a los trenes, soñando que, esté donde esté, ella sabrá que aún la espero.

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