Días de cine y cañas

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Hay placeres irrenunciables, como beber una caña de cerveza bien tirada. Yo era de las que pedía un quinto y bebía por la botella, pero en Madrid aprendí a valorar la caña de verdad: en cualquier bareto son expertos en servirla en el punto justo de espuma y temperatura. No hay conversación o película sin birra en la mesa. Y de eso tienen mucha culpa directores y guionistas.

Algunas películas giran descaradamente en torno a ella, como Queremos cerveza (1933), en la que Buster Keaton monta, por amor, su propia fábrica. El cómico reconoce en sus memorias que rodó la cinta borracho, lo que obligó a la Metro Golden Mayer a estirar los días de rodaje y a romper el contrato con el actor. Fue el fin de su carrera. Keaton se hundió con una película de momentos divertidos en la que su interpretación brilla tanto como brillan sus ojos.

En clave de comedia rodó la Warner Bros La fiesta de la cerveza (2006). Los autores de esta gamberrada son un conocido grupo cómico norteamericano, los Broken Lizard. La idea de la película surge de un suceso real: en un bar de cerveza de Australia retaron a una pandilla de bebedores a ver quién aguantaba más. Los cómicos perdieron la apuesta y pagaron toda la cuenta, pero recuperaron el dinero con creces cuando contaron en los cines, con mucha fantasía, su peripecia australiana.

Es imposible ver un film de Robert Rodríguez sin tener sed de una cerveza Chango. El director y guionista nos creó la necesidad de un sabor que solo existe en El Mariachi, Desperado, Abierto hasta el amanecer o Sin City. Los tragos forman parte de la narrativa de sus películas. De hecho, su mirada cinematográfica de México destila Chango, una marca inventada con la que refleja un sabor bravo de vaqueros rebeldes.

Muchas series de animación huelen a cerveza. Algunas, con sus propias etiquetas ficticias, como Los Simpson, donde Homer siempre tiene el dedo dispuesto en el anillo de la lata de Duff. O la mítica Pawtucket Patriot Ale de Padre de familia. Algunos diseños de estas marcas traspasan la ficción y aparecen en el mercado. Son más piezas de coleccionista que doradas con calidad. Puro negocio.

Hank Scharader, el bullicioso agente de la DEA de Breaking Bad, fabrica su propia cerveza, pasatiempo que utilizan los guionistas para darle al impetuoso cuñado de Walter White matices serenos que enriquecen su carácter y personalidad.

La primera cosa que hace el detective Rust cuando declara en True Detective es pedir cerveza. Siempre hay latas sobre la mesa: llenas, aplastadas… Los distintos estados emocionales por los que pasa el actor Matthew McConaughey en su declaración quedan patentes en esa mesa. Son secuencias magistrales.

En Juego de Tronos corren ríos de espuma. En la sexta temporada la cerveza tiene especial protagonismo cuando Sansa Stark pide un trago ante un Jon Snow que no da crédito. Pero es el modo que tienen los guionistas para contarnos la llegada a la madurez de Lady Stark: bebe cerveza, así que ya no deben tratarla como a una niña.

En el cine o en las series la cerveza casi siempre tiene un significado en la narración. Vale para definir personajes y situaciones: probablemente todo cambie si en lugar de esa caña decidimos brindar con vino o con champán. Los hermanos Coen, Quentin Tarantino o -más cerca- Javier Olivares juegan con mucho ingenio en sus guiones con la cerveza, que siempre está en escena para contar por algo.

En Galicia no hay serie sin bar. Es religión. La probabilidad de que los clientes de las barras de escenario pidan un vino antes que una cerveza es alta. Quizá por nuestra cultura; quizá porque asociamos la cerveza con gente más joven que los espectadores mayoritarios del canal público; acaso porque la marca patria quiere colarnos inventos imposibles: en el mercado rula desde hace varias semanas una cerveza con sabor a percebe. Y ahí es cuando decido -yo, que no renuncio nunca a una caña- pedir un albariño con un tapa de percebes.

Lo mejor de la cerveza es que sabe a cerveza.

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