Puro orgullo sin sexo

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A ver si la dulce confesión de Pablo Alborán va a ser el fenómeno mediático más destacado del Orgullo 2020, que a causa de la Covid-19 prescindirá de las grandes concentraciones-fiesta madrileñas y se centrará en las locales, normalmente más reivindicativas y un poco al margen del pink negocio, del que tanta gente huye y pero al que mucha más atrae. El bicho ha convertido en inviable no tanto la marcha del Orgullo de Madrid, que seguramente se celebrará desprovista de participantes provincianos, si no toda la enorme maquinaria económica que la rodea. Será un poco anecdótica.
Asociaciones y municipios continuarán volcándose con sus orgullos locales con enfoques más o menos variados, pero siempre manteniendo una cierta tensión entre lo simbólico, lo festivo, lo reflexivo y lo reivindicativo. Esta última dimensión continúa encarnándola el colectivo trans, sin duda el que más enseña los dientes en esta época de zozobra postcovid, quizá porque sus apuestas por la normalización y el respeto a todas las vidas, se vivan como se quieran vivir, son mucho más difíciles de asumir por una sociedad que gestiona los cambios con pereza y cierta pasividad intelectual.
Integrantes de una carroza del Día del Orgullo Gay.
Nadie en su sano juicio puede entender las trabas legales que todavía existen para que una persona pueda decidir sobre si es un hombre o una mujer o a veces hombre y a veces mujer, independientemente de su capacidad reproductiva o las características físicas de su cuerpo. Qué nos importará a los demás lo que cada persona decida sobre su vida. Tenemos la obligación de respetarlo, a darle un estatus legal, y punto.
Más allá de esa enorme y digna lucha por el derecho a la libertad de expresión, todo sigue su camino. Algunas asociaciones se afanan en organizar reuniones y seminarios explicando a los jóvenes que lo de ser maricón o tortillera es algo normal, en ejercicios que al parecer son muy importantes para los alumnos de enseñanzas primarias y medias, donde se desarrollan con más crueldad las fórmulas de acoso que la sociedad genera.
Pero más allá de esas sesiones, seguirán estando las fobias que genera el propio sistema dominante: contra las maricas, por supuesto, pero también contra los gordos, los viejos, los pobres, los feos o los enanos. Y por encima de todas ellas, contra las mujeres, que muchas veces ni siquiera se verbaliza: se da por supuesta y se la sigue identificando con la crianza, lo doméstico, los cuidados o ciertas profesiones. Es la infravaloración más sustancial, más dura: una violencia implícita que está en la base de todas las demás.
La plumofobia, por ejemplo, un tradicional relato bastante cruel. Es absolutamente normal que en una sociedad machista como la nuestra, la pluma mayoritariamente no triunfe, porque nos han educado al pan pan, al vino vino y al macho macho. Con todo, lentamente se van abriendo espacios de normalidad. Escuelas e institutos quizá sean buenos escenarios para contrarrestar esa realidad, pero cualquier acción a ese nivel debe ser refrendada por cánones más estructurales, a las esquinas más estrechas de la sociedad.
Así cobran una cierta importancia anécdotas como la de Jorge Javier definiendo su Sálvame como un programa «de rojos y maricones» ante unos impresentables señoros de Vox, o que el angelical Alborán nos confiese en un video en quién pensaba cuando escribió su magnífico estribillo «y solamente tú».
Por mucho que la cosa esté trufada de cierto victimismo, de interés comercial de un producto perfecto para la cultura pop (cantante romántico, cuerpo escultural, voz exquisita, letras intimistas, tanta miel en la mirada, tanto no sobra ni falta nada…), por mucho que don Pablo haya hecho esto cuando ya no es necesario, por mucho que sea criticado el chaval, todo ayuda y quien más, quien menos, lo agradece.

 

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Sin duda, más ayudaría cualquier futbolista de éxito. Porque las vidas de los triunfadores son las referencias sociales con más capacidad de irradiación. Pero no, nadie da el paso. Quizá haya que entenderles, porque sobre sus cabezas penden las primitivas reacciones de la parte más grotesca de sus públicos. Llenar los estadios de gritos homofóbicos no parece lo más razonable. Pero quizá ayudaría a situar el debate donde tiene que estar: dar batallas para después ganarlas, como lo hicieron la gente de la farándula aunque el precioso Alborán llegase algo tarde.
Un Orgullo que también será feliz sin besos entre desconocidos, sin abrazos morbosos, sin fiestas llenas de vida y sudor, sin intercambio de líquidos ni descomunales noches de sexo. Recuperaremos el tiempo perdido, si algún día conseguimos rescatar algunas de las mejores cosas de la vieja normalidad.

 

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