Siete vidas en la casa Ennis

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«Vas a tropezar y a quedar sin dientes» es la frase que mi madre me repetía constantemente cuando salíamos a la calle, seguida de un «Así nunca encontrarás una peseta: mira hacia adelante». Esa afición en reparar en los edificios cuando voy caminando ya la he pagado bien cara: me comí varias farolas, torcí un tobillo y me partí la crisma (¡dos veces!) en las máquinas de tabaco que había en las aceras. Como en la familia no han conseguido corregir esa manía, la lista de averías continúa abierta y creciendo. Aunque mi altura de miras también me trajo sorpresas agradables, como el cartel de «se alquila» de un ático precioso donde pasé años desayunando frente a la ría de Vigo.

Imagen de la casa Ennis en la serie de animación South Park.

Tener el pescuezo bien adiestrado me ha permitido gozar de los rascacielos de Chicago y de cada detalle de las casas que proyectó en esa ciudad el arquitecto Frank Lloyd Wright. La belleza de sus construcciones recorre kilómetros de celuloide, pero sin duda la más retratada es la insólita Ennis House (1924) de Los Ángeles, un diseño inspirado en los templos mayas y aztecas y hoy monumento nacional.

Michael Curtiz fue el primer director en plasmar el singular edificio, en la película Female (1933), Hembra en la versión que acabo de ver. El título ya impone, pero la trama es tan exótica para la época como el edificio de Wright: cuenta la historia de Alison (Ruth Chatterton), una mujer que heredó del padre una empresa y varios millones, y con esa libertad de la vida resuelta decide mantener relaciones con tantos hombres como le da la gana, incluso con sus empleados. Sin duda, los sesenta minutos mejor invertidos de mi semana.

Michael Douglas en Black Rain.

Dicen los que saben que El día de la langosta es una novela interesantísima. A mi el título siempre me ha echado para atrás, pero como almuerzo cada mañana en una taza dorada con las vidrieras de la vivienda de Lloyd Wright, me he quedado sin excusas para no ver la película basada en el libros de Nathanael West, en la que también sale la casa Ennis. La trama, una sátira del mundo de Hollywood, que corta de tan afilada, me pareció bestial. Aún hoy, cuando me hablan de Homer Simpson pienso antes en el personaje que interpreta Donald Sutherland en el filme rodado por John Schlesinger en 1975, que en el amoroso padre de Bart, Lisa y Maggie.

Con Blade Runner (1982), de Ridley Scott, la construcción de Wright se consagró como una de las más populares del cine. Soñar que vives en el apartamento 9732 de la Ennis House, como Harrison Ford, es una de las impagables ventajas de meterse en la piel de vidas inventadas. Scott regresó en 1989 a la propiedad del multimillonario Ronald Burkle para el rodaje de Black Rain, con Michael Douglas y Andy García.

La lista de directores seducidos por la exuberante mansión es tan larga que no queda un recoveco por filmar del edificio. Todos buscan un ángulo original, un plano nunca visto, un detalle que haya pasado inadvertido. Rodar en Los Ángeles y no tener una imagen de la Ennis House es de pobres. Incluso David Lynch aprovechó este icono arquitectónico en la también mítica serie Twin Peaks, circunstancia en la que muchos no han reparado, pero vemos la casa Ennis en breves planos de los televisores en los que muchos de los protagonistas de la serie de Lynch siguen la telenovela ficticia Invitation to love. Los homenajes son a veces tan divertidas como la del episodio «Wing» de South Park, que llena este magnífico búnker de hormigón con criminales de color amarillo.

Ricky Martin en un fotograma de un videoclip, rodado en la casa Ennis.

Lloyd Wright es un creador de belleza, la mayor -creo- de las riquezas que podemos conseguir. Y las personas somos capaces no sólo de estropearla: la destruimos sin pudor. Está claro que ser multimillonario no implica tener buen gusto, pero ya me parece vender el alma si dejas que en esas exquisitas vidrieras y corredores grabe Ricky Martin, con movimientos de horterismo extremo, el videoclip de la canción -es un decir- «Vuelve» (1998).

Sigo mirando hacia lo alto por la calle, ahora con miedo de encontrar a Ricky Martin asomado en un balcón. Sé que cuando vuelva a pegármela y quede sin dientes -y volveré- Ricky sonreirá con su dentadura perfecta y veré en ella los diseños fascinantes del arquitecto que me hace volar.

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