Veinte mil patas de viaje submarino

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Mucha hambre debía de tener el primero que le hincó el diente a un pulpo. Sí, digo pulpo. El polbo gallego es una palabra que no me encaja: la primera vez que la escuché ya había brindado con más de un ribeiro y zampado pulpos de todas las rías existentes e inventadas.

La isla de la furia (1936)

No sé de dónde viene esa manía de convertir en un monstruo a este riquiño cefalópodo —así evitamos conflictos normativos—, pero recrearlo como una amenaza de patas gigantes y ojos agresivos es un clásico desde los albores del cine. Buster Keaton combate el bicho en El navegante (1924), después de enfrentarse a una tribu de caníbales para salvar a su novia. En La isla de la furia (1936), el fugitivo Humphrey Bogart casi acaba de carnaza de un octópodo ultra hormonado, que es justo lo que le sucede a John Wayne en La venganza del Bergantín (1948). Hasta al mismísimo Johnny Weissmüller —como si no tuviese suficientes problemas en la selva— le sacan un pulpo —y no en plato de madera— en la última película de la saga, Tarzán y las sirenas (1948).

John Wayne en La venganza del Bergantín (1948)

De los pocos pulpos tratados públicamente con cariño tenemos a Paul; seguro que es porque pronosticaba resultados de partidos de fútbol que, además, ganaba la selección española. Y, en el cine, también sale bien parado el protagonista de la aventura animada Deep, el pulpo (2017).

Pero la norma en las pantallas son los cefalópodos infernales. Hasta el CSIC presentó en la Semana do Cine Submarino de Vigo Un espectador vulnerable (2015), documental que habla del canibalismo entre los pulpos de las islas Cíes. Cuenta también, entre otras cosas muy interesantes, cómo la hembra devora al macho después de la cópula para acumular energía en la gestación.

Un espectador vulnerable (2015)

En Duelo en el fondo del mar (1953), la lucha en el océano entre el animal y Robert Wagner contribuyó a la belleza de la fotografía del filme, candidato al Oscar en ese apartado. Surgió del fondo del mar (1955) es una historia de terror de Robert Gordon en la que un pulpo gigante (otro más) invade la ciudad de San Francisco. No hablar de Tentáculos (1977) —intriga marina de serie B con un argumento nada original y protagonizada por John Huston y Henry Fonda— sería no echarle pimentón a estas líneas.

Sin duda, mi aventura favorita es la deliciosa 20.000 mil leguas de viaje submarino (1954). Siempre consideré a James Mason como el auténtico capitán Nemo. Lo más probable es que, incitada por mis hermanos, conociese antes la cinta producida por Walt Disney que la tinta de Julio Verne; de ahí que los habitantes del Nautilius siempre hayan tenido cara en mi memoria.

James Mason en 20.000 leguas de viaje submarino (1954)

Robert Altman no fue comprendido por su adaptación del cómic Popeye (1980). Hacer de carne y hueso personajes de una tira cómica es complejo, pero trasladar el humor del marinero a un musical supone arriesgar de más, por mucho que Robin Williams y Shelley Duvall se empeñen en interpretar un Popeye y una Olivia creíbles. Los últimos minutos de la película, cuando el héroe tuerto de la pipa y los músculos saltones pelea contra el pulpo, encajan una estupenda secuencia de acción. Hace algunos años visité el pueblo de Popeye, construido para el rodaje del filme de Altman en la isla de Malta, y conserva intactas las edificaciones. Al regreso quise recordar cada una de aquellas casas de madera volviendo a ver la cinta y sentí que había sido injusta con ella. Quizá, la emoción del viaje ayudó a que la revisase con ojos más amables.

Shelley Duval, Olivia, atacada por un pulpo en Popeye (1980)

Hay más fotogramas con apéndices terroríficos que tentáculos reales navegando por las rías. De hecho, la tapa está por las nubes; y en los cines saben cargar la película de patatas y venderla en pantalla grande a precio de pulpo: Piratas del Caribe II, El señor de los anillos, Shark vs Octopussy

Es evidente que a los directores y guionistas no les parece un delicioso manjar. Nunca he visto una película con una perdiz o un boquerón asesinos. Ahí ya les duele, claro. Pues a mí con el pulpo, también. Ahora lo que me pide el cuerpo es darles la receta que preparan en la isla de Ons y decirles que devoren el monstruo. Saboreándolo. Me lo van a agradecer de por vida.

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